miércoles, 4 de marzo de 2009

Postigo y yo



El fríjol y la tortilla se van a divorciar.


Después de año y medio de haber aparecido las primeras evidencias de la crisis, exceptuando a Fecalandia y sus huéspedes, nadie en el mundo de la razón pone en duda que las economías se encuentran en una vorágine de crisis de dimensiones desastrosas.

Los indicios de esta crisis los observamos los de a pie desde finales del 2007, esta columna ha documentado esta emergencia. En aquel tiempo el sector inmobiliario provocó una desaceleración en la economía norteamericana con sus negativos efectos multiplicadores. Desde cualquier lógica de economía hogareña, tener posibilidades de mejorar la casa es un indicador de buenas condiciones financieras, por el contrario el daño en la gotera del baño, la barda sin pintar, la alacena sin puertas, la chapa caída, son sólo algunas tareas que en época de contracción del bolsillo deben esperar. La disminución de intercambios (compra, venta y construcción de casas) y falta de solvencia para el pago de las amortizaciones en el sector inmobiliario norteamericano, fueron los primeros indicadores de que algo andaba mal.

Los analistas financieros inmediatamente se pusieron en acción instrumentando mecanismos de recuperación de las carteras vencidas, congelación de cuentas y la cancelación de otorgamientos de créditos. Las alternativas, aunque no suficientes para detener el efecto negativo en el resto de los sectores, impidieron una estrepitosa caída del sistema financiero, sin embargo, el daño ya estaba hecho. La administración del espeluznante Bush ya había dado su respectiva estocada a la economía de mercado que había nacido 30 años antes.

En este contexto, lo rescatable de la crisis es la aparente conclusión del predominio del patrón neoliberal. Si lo rescatable es simplemente aparente nos quedamos sólo con un dejo de esperanza que dormita embriagada por el virus de incertidumbre, falta de credibilidad en las instituciones públicas y privadas y la carencia de confianza en quienes las “operan”.

Lo que se presenta con mayor posibilidad que la esperanza endeble antes señalada, es la necesidad de reajustes en los sistemas financieros, otrora independientes; hoy articulados fuertemente en la mayor parte de los territorios del mundo. En la lógica que sustenta estos reajustes se encuentra el daño ocasionado a las “gallinas de los huevos de oro” en lo que se han convertido las economías emergentes (México entre ellas). Es decir, ya no hay mucho que enhuevar ¿o sí?

La definición actual o el neologismo (economías emergentes) que se le asignó a lo que antes se conocía como países en vías de desarrollo y economías periféricas o marginadas, ocultaba el origen, sentido y el fin de este adjetivo. Según la Real Academia de la Lengua Española en su versión en línea, la emergencia es “la acción y efecto de emerger”, aunque también lo es “la situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata”.

Está claro que lo que brotó de los países en desarrollo, fue la podredumbre de sistemas de administración pública y ejercicios de gobierno neoliberales; la corrupción, el narcotráfico, el desempleo, el hambre, la violencia y una larga lista de malestares sociales que también dieron origen a la emergencia de grandes fortunas y complicidades alejadas del beneficio y bienestar nacional.

Las evidencias de esta emergencia han originado en los últimos meses una cantidad importantes de llamados al orden y gritos de auxilio ante el desastre y el peligro de que esto continúe sin orientación alguna. Mal augurio se podría dibujar ante la falta de sensibilidad de los gobiernos actuales para responder responsablemente ante la emergencia en la vida social y económica que estamos padeciendo. Así por decir lo menos y, en un país frijolero como México, el fríjol ha aumentado en casi 50% su costo, lo mismo que el dólar, a pesar de ello nos quedan las tortillas de a peso sin bolsa ni papel.
Publicado en el Periódico El Frontera, Tijuana, B.C. a 3 de marzo del 2009.