domingo, 5 de septiembre de 2010

Olores de ciudad

Entre las imágenes que me acompañan me viene a la mente aquella desaliñada apariencia a partir de la cual -supongo-, pretendía ocultar el contraste armónico existente entre sus ojos café claros enmarcado por unas líneas más oscuras que se intensificaban con sus manifestaciones de inquietud, a las que yo percibia mientras su mirada cruzaba mi dispersión. Mi presencia en esta tarde en estos lugares me golpea con tanta familiaridad que pareciera que nunca me hubiese ido de aquí. Creo que esta sensación sólo es una prolongada ausencia a pesar de que han pasado algunos años durante los que se han incorporado en su lado y en el mío instantes que han marcado lo que ahora creo ser o tengo que aparentar.

Lo marcado de sus pómulos, las delgadas líneas del contorno de sus labios y la fuerza definida de su cuello parecían alargar y alejarse más allá de las miradas lascivas dirigidas por los buitriantes al resto de su cuerpo. Su mirada en contraste con su rostro no eran suficientes mamparas para ocultar las formas, que por más que intentara desaparecerlas entre trapos y colguijes, se evidenciaban y despertaban la imaginación que impulsaba aquellas miradas lujuriosas. Lo cierto era que para el infortunio de aquella caterva desenfrenada de puñeteros, entre la que por momentos transitaban los aromas y movimientos de su cuerpo, fui yo quien los acogió y que ahora recuerdo con tanta intensidad.  Los recuerdos que no termino de transcribir en detalle serán insuficientes para describir escenarios, ideas y sobre todo los sentimientos empapados en esta ciudad. Los espacios, sus calles y sus olores ahora se me presentan sin cambios como esperando y reclamando una ausencia injustificada.


Desde la sencillez de la entrega mutua en las alturas de aquel sexto piso agregado en el edificio del siglo pasado ubicado sobre la esquina más elevada de lo que fuera la ladera del río y que con los años se ubicó apenas tres cuadras por atrás de la plaza central de la ciudad y del palacio municipal del pueblo. Desde la esquina donde aquel viejo edificio se levanta aún se observa la entrada y salida de grandes buques cargueros que llegan al muelle ubicado a casi un kilómetro. Las imponentes figuras de acero que llegan al puerto y su aparente cercanía desde el raz del suelo alto, en el que viví mientras estudiaba en la universidad, prefiguran la invasión de aquellas grandes moles entre las calles humedas y ladrilladas de la ciudad. Sin embargo, la profundidad que han logrado calar en el fondo del río pemite disfrutar de aquella convivencia de acero, concreto y agua. Y ahora recuerdos compartidos.          


En lo absurdo intento por atrapar las ideas espontáneas que me llegan más de prisa de lo que soy capaz de retener las transcribo en mi agenda y en ese ritmo acelerado se me diluyen entre el intento de concluir la idea y las pausas obligadas del siguiente recuerdo que ya golpea el despertar de mi memoria. Así trascurren los primeros minutos  de mi llegada a la ciudad en la que pasé -no diré la "mejor etapa de mi vida" porque no tengo elementos para un comparativo de evaluación-; sino aquella etapa previa en la cual aparentemente recibiría los suficientes "conocimiento" o informacion formal o profesional para "valerme y sostenerme" palabras de la abuela Renata.

Sentado en el asiento trasero del taxi LTD Gran Marquis que tomé a mi salida del aeropuerto, mis piernas alcanzan a estar comodamente estiradas. Desde aquel  amplio espacio en que que me acomodé, puedo obeservar con detalle las calles, los semáforos, las esquinas y la gente todo ello pareciera ser la misma cosa de hace más de 20 años, cuando salí de este lugar. El taxista me observa en silencio, de vez en vez, complice de mi sorpresa y gusto de mis recuerdos que supongo pudieran ser evidentes para cualqueira que me observara en estos momentos.


Así continuamos, en una aparente compicidad que sólo yo hacia que existiera en la divagación de mis ideas apresuradas. Avanzamos por la única gran avenida que separa al aeropuerto de la vieja zona donde mi familia ha vivido desde la época dorada del Potrero del Llano, aquel pozo petrolero que marco el inicio de una importante etapa de crecimiento en toda esta region del Golfo y la huasteca. Mientras los aromas de la ciudad se filtran, junto con un ligero aire tibio, a través del pequeño espacio de las ventanillas que llevo abajo intencionalmente. Al aspirar al mismo tiempo aquel calor natural y el frio artifical en aquel espacioso asiento  me llegan imágenes de su vestir mezclado de corrientes diferentes de las últimas tres décadas. Casi podría asegurar que en aquella esquina estuvimos tomados de la mano en espera del cambio de luz o de que por ese callejón apenas alumbrado que pasó de prisa ante mis ojos caminamos  una y otra vez esperando sin buscar lo que fuera con tal de seguir evitando que cualquier cosa ajena llegara y se impusiera entre ambos. De eso estuvimos conscientes -creo- en todo momento, o al menos durante el último año de la carrera, cuando las opciones se abrian o queriamos construirlas.

De repente vienen a mi mente, junto con un temor de irresponsabilidad, las reuniones postergadas, mientras escribo una lista grande que no termino de redactar de nombres de amigos; debo decir ahora: viejos amigos, lugares familiares y errores cometidos durante etapas desaforadas que omito intencionalmente. Estas calles parecieran observarme transitar en mi primer regreso forzado después de casi tres décadas, en las que ni por asomo pensé en regresar cuando pasaron los primeros cinco años de haberme despedido con un hasta luego de todos mis amigos, mis hermanos y por supuesto, de Cler. Lo cierto es que quien observa soy yo mismo, las casas, las calles y muy probablemente aquellos amigos ni me recuerdan, no tendrían porque hacerlo.

De nuevo las luces tenues de los faroles de las entrecalles me traen la imagen que me cobija con aquellos trapos que me hacían contemplarla divertido, al tiempo que me sudaban las manos. Al ver que su andar sólido tomaba rumbo hacia donde pudiéramos encontrarnos. No he dicho que cuando nos conocimos cursábamos el segundo año de la universidad.

Lo que resultaba ser la razón de estar juntos, siendo tan diferentes, era sólo mi razón. Para ella su apariencia era un rompimiento con el orden, de ahí que los trapos, la búsqueda de aun no sé qué y el desorden derivado de la angustia de todo y de nada en aquella etapa a la cual se entra cuando tenemos 21 años.

Las condiciones del entorno y los lugares comunes nos llevaron a estar juntos varios años, aun después de haber concluido la universidad; así, la costumbre de vernos se prolongó. A partir de entonces, como cualquier mutante ser viviente los espacios, los grupos, la gente, los horarios, los intereses y tantas cosas más, que determinan las "responsabilidades" de un adulto, comenzaron a ser que nuestros encuentros fueran cada vez menos frecuentes. Las invitaciones para exponer algunas de mis pinturas comenzaba a llegar con más frecuencia. Mis ausencias se hacian cada vez más frecuentes y los destinos más distantes de estas calles. Moverme o trasladarme desde aqui resultaba además de muy costoso perder el tiempo para seguir pintando en el mayor o menor tiempo que tuviera libre. Los mmentos en que pasaba en la ciudad con CLer, se convirtieron en instantes esporádicos, pero eso sí, muy intensos. En esos momentos  no nos dimos cuenta que el ambiente condicionaba las pautas. No eramos los más indicados para determinar la manera en que debieramos llevarnos con los espacios de esa ciudad. Hoy prefiero aquello que no era caos ni desorden, ni dispersión sino realidades que provocan instantáneas de placer que no alcanzo recrear completamente, pero que habían desaparecido de mi horizonte inmediato con la premura de los horarios establecidos por Argelia, mi representante; quien desde hace 10 años determina gran parte de mis actividades y organiza los viajes, y las exposiciones. En sintesis ella determina los encuentros "formales de las responsabilidades del adulto", mientras lo demás espera. Las reuniones programadas para este viernes sólo se trasladaron a la siguiente semana, mi estancia deberá ser breve, el lunes por la mañana ya tengo que estar de regreso en Nueva York.

¿Qué es el orden? sino una utopía. Una entelequia. Una percepción de aquel, del otro. Hay otras razones que puedo sumar en esta ausencia no olvidada, las cuales me sorprenden por su aparente súbita aparición desde el primer día en que llegué a esta ciudad (regresé). Desde aquel momento de adiós que quisimos dejarlo en un hasta al rato -sin ser esto una baratija nostálgica- sé que algunos o muchos al verla podían decir que su vestir era de mal gusto, entonces, supongo que sigo careciendo de él. Porque ¡ah! cómo me gustaba, y ahora que la recuerdo quisiera dejar la emoción y la memoria en las palabras, pero al tiempo sé que de hacerlo la realidad de un pasado que me hace el presente, desagregaría lo bueno y lo malo de ello, así que en mi incapacidad narrativa absoluta me alegro. Las reminisencias posteriores me ayudarán, sin duda, a volver a ella y, al hacerlo, a mi mismo.    

No logro distinguir si los suspiros son mas frecuentes y constantes que los recuerdos o las palabras, por momentos incontenibles uno u otros. Como si hubiera terminado un maratón, sólo que desde nunca he sido un deportista ni siquiera dominguero. Cuando las imágenes se hacían más nítidas en mi memoria mi pulso se agitaba a un ritmo incapaz de controlar. Al revisar la descripción incipiente de los recuerdos transcritos que escapaban de mi voluntad para dirigirlos, detenerlos u orientarlos, regresaban a mí los años, 28 después de aquella tarde.

Tal y como si se tratara de un recuerdo inmediato. Algo que ocurriera apenas ayer mientras firmaba las escrituras de venta del terreno que mi abuelo me heredo. Esa fue la razón que me regresó al puerto. Al bajar del avión, el aire que entró en mís pulmones a través de mi piel inmediatamente golpeó todas las células que le pertenecían, no a micuerpo sino a aquel espacio donde pertenezco. Quisiera poder decir que me sentía tal y como en todos esos años de adolescente en que recorría media ciudad en bicicleta o a pie sólo para visitarla, para encontrarla, para verla.

La distancia y el tiempo no tenían importancia, la ciudad, sus calles la colina la noche la mañana parecían que seguían el ritmo que uno le marcaba. Que extraña resulta esta sensación; sólo en este momento lo he pensado, el impacto ambiental en mi memoria generó una cantidad incontrolable de escalofríos placenteros. Eso me obliga a preguntarme en este soliloquio en el que me encuentro dentro de los espaciosos salones de la gran casa, ahora vacía, de mis abuelos.

La memoria estaba siendo estimulada en estos momentos por los cálidos aires que se filtraban entre los manglares y la tierra húmeda, al mismo tiempo que el aguacero generaba, en las tejas del corredor que circundaba las habitaciones, un golpeteo que por momentos se hacía intenso cuando las fuertes corrientes de aire arremetían contra las ramas de los frondosos árboles que sembraron mis abuelos en el patio central que acorralaba una fuente que en algún momento había servido como pozo, hasta que el agua del servicio público se instaló en la zona. El pozo siguió funcionando durante algún tiempo, pero el desuso, la pereza, la contaminación, la instalación de otros servicios llegaron a la casona; aunque la propia disminución del pequeño acuífero que lo alimentaba fue desapareciendo hasta que lo único que podía obtenerse del fondo era más lodo que agua cristalina y fresca. A pesar de la intensa lluvia y las fuertes corrientes de aire que silbaban en las copas de los árboles y a través de los pasillos, mi frente se empapaba con un sudor que recorría mi espalda y que irónicamente no me incomoda.

Si mi abuelo me estuviera observando seguro estaría riendo y aconsejándome que regresara a esta tierra, así lo hizo en las dos únicas ocasiones en que fui capaz de recordar su cumpleaños, entre el cumplimiento de la agenda que he utilizado durante los últimos quince años y alguna reunión irregular con amigos y menos amigas. Las dos llamadas telefónicas que le hice fueron largas, su voz recuerdo además de sus palabras siempre me reconfortaron. Tan sólo el escucharlo me hacía desprenderme de aquella figura a partir de la cual me he desenvuelto entre oficinas, asambleas, reuniones y decisiones la mayor parte de ellas ajenas a mis intereses inmediatos pero con afectació a no poca gente.

Qué he hecho; durante todo este tiempo o para qué hacerlo si en la agenda las horas hacen falta y las distancias las recorro con el reloj en mano. Los días parecen insuficientes para cumplir con la tarea de ayer, mientras las otras ya esperan y se acumulan.

Regreso por primera vez, sólo para despedir el cuerpo sin vida de mi abuelo ¿o será el mio? Sin darme cuenta la lluvia había cesado y sólo las gotas atrapadas entre las ramas de los árboles mantenian un leve golpeteo rítmico y pausado al caer en los charcos que se acumularon en el patio ahora lleno de maleza y en ebandono. Mis ojos se detuvieron en el cenicero que aun permanecia en el barandal que daba paso a la puerta donde mi abuelo solía acomadar su pipa durante aquellas largas mañanas en que ordenaba y atendía a los peones, rancheros y mujeres que no paraban de llegar a visitarlo para solicitarle sus consejos, pagarle algún prestamo que les había concedido o recibir sus pagos.

Con el tiempo me di cuenta que el pago de los prestamos en efectivo nunca llegaban, la gente solía pagarle con especie, gallinas, guajolotes, becerros y hasta una burra llegaron a entregarle a cambio. Fue doña Carmen quien cumpliendo con su palabra venía a saldar su deuda, la cual había adquirido un año antes, ese era el tiempo que mi abuelo determinaba para el pago de aquellos prestamos, así lo venía haciendo, según me enteré por 40 años, cuando su padre lo dejó a cargo del rancho y las parcelas que le rodeaban.

En aquel momento tenía 25 años, dos años antes de que se casará con Renata la sobrina del compadre de mi bisabuelo.

El teléfono me sacó de aquella divagación, el número era local.

Supuse que se trataba del Notario, decidí contestar -¿Quién habla? Del otro lado un espacio de silencio que me inquieto por un momento, se rompió cuando escuche una voz que con un tono familiar me dijo -Hola Chago. Mi nombre es Santiago Arroyo Martínez, sólo unos cuantos viejos y muy cercanos amigos -ahora más viejos que cercanos- me llamaban de esa manera. El tiembre de aquella voz me dejó mudo por unos instantes. Creí haber reconocido la voz, o así creo haber deseado que fuera desde mi llegada a la ciudad. Era imponsible -pensé en esos segundos de silencio-  ¿Cómo sabría que estaría por estos rumbos? Si había sido un viaje extraordinario y decidido a últimahora pero aún más ¿Cómo sabría mi número telefónico?