sábado, 24 de abril de 2010

Efervecesencia del hartazgo.


Insensibilidad, narcotráfico, leyes anti inmigrantes, pobreza sin freno, falta de oportunidades, educación deficiente, corrupción, ilegalidad, impunidad, estos son sólo algunos de los asuntos que anestesian la evolución social; aparentemente sólo delirada por unos cuantos, pero, eso sí discursiva en tantos otros. Lo cierto es que todos ellos adolecen de lógicas públicas o colectivas que las extirpen del tejido social.

En estas primeras líneas no me detendré en esta ocasión en aquellos asuntos, tampoco figuro presunciones de respuestas en el futuro. Sin adulación concreta ni entrelineas, el propósito de estos párrafos es sólo acompañar la voluntad de quien desde hace tiempo insiste en la importuna fantasmagoría que resulta, para tantos más que los menos, leer y, por supuesto, compartir impresiones de la realidad social, política, económica y cultural que entretejen los avíos y desviaciones que colisionan en lugares simultáneos como lo son las fronteras.

Sean las impresiones compartidas, a partir de estas líneas, los estímulos íntimos para volver a la palabra como asistencia y presencia de un espacio que insiste en vaciarse en la miopía y la apatía, más allá de las fronteras auto creadas e imaginadas.

México y Tijuana territorios de iletrados hambrientos de insumos exportados y pirataje. Sean las fronteras reales erigidas en la línea asunto insubstancial cuando de ideas y deseos compartidos se trate. Las primeras no implican obstáculo en lo absoluto, las segundas, sean pues sólo pretexto ocasionado y articulado en la virtualidad de la red.

En los oníricos resultados ajenos, que las más de las veces genera el conjunto de letras que asoman enunciados frágiles como los hasta aquí colgados, advierto la fiesta, el juego, la risa, la ironía y vituperio propio que cada una de ellas me provoca al conjugarse, emerger y subirse al continuum de la virtualidad o la reminiscencia de quien lee.

La palabra compartida por sí misma es fuente de creatividad que no se estanca en la inercia de la cotidianeidad; la libertad de los recuerdos y las fantasías recreadas nos contagian de un diálogo que persiste y del que somos invitados al hojear o ahogarnos en él. Mucho tenemos que rehacer por romper la inercia y el escepticismo del pasado inmediato en el que nacimos, del irritante hoy y del mañana desolador. La inconformidad provocada por ver, oler o percibir el tufo perpetuo a perro muerto, que rodea a muchos de los asuntos cotidianos debe ser el adjetivo que no dé tregua al aire que insiste en convertirse en ambiente.

Que la filigrana en el lenguaje no sea la excusa para el diálogo acuciante, vamos pues a regodearnos de la “Alta traición” de Pacheco quien desde entonces venia advirtiendo que la palabra en general y la poesía en especial pudiera ser la forma de resistencia contra la barbarie.

Hagamos pues del eco de aquellos que nos insisten en la leída el concreto sobre el que transite la imagen y efectos destructores de la naturaleza humana, no con el morbo del espectáculo lúdico de la miseria enternecedora sino como un acuse desde el cual los suspiros provenientes de la oscuridad de la indigencia fundan la decepción y la esperanza demandante de acción en contra del hartazgo, que sea la memoria la huella afectiva que nos tropiece a partir del pretexto de la palabra.