Después de un lapsus brutus que endoso, en primer lugar a mis propias patologías; y en segundo, a la sorpresa esperanzadora del “wikileaks” y a sus posibles repercusiones endilgadas equivocadamente al despertar de la conciencia colectiva, me llevaron a un paréntesis vacacional prolongado desde las noches de Las Posadas y las cenas navideñas interminables hasta el persistente y ofensivo impacto del proceder del “Estado” o el sistema de coerción en contra de la libertad de expresión y del sistemático ocultamiento a los gritos de “justicia” en nuestro país y por el mar de sangre que de manera inagotable inunda los traspatios y salpica los rostros de la vergüenza y del miedo.
Se demuestra una vez la implacable capacidad que tienen los esbirros del sistema para la construcción de respuestas mediáticas leoninas y convenencieras que expelen intereses mezquinos sin vergüenza (me refiero al asesinato de Marisela Escobedo y Susana Chávez en Cd. Juárez); y por supuesto al difundido caso de violación en el cual se acusa a uno de los herederos de la parafernalia “artística” televisiva.
Ante el descaro de las obscenidades inaceptables me remito a lo siguiente “Es el pueblo el que se subyaga el que se degüella, el que pudiendo elegir entre ser siervo o ser libre abandona su independencia” (Étienne de La Boétie). “Si se calla el cantor muere el espanto, la esperanza, la luz y la alegría…” (Horacio Guarany)
En un par de textos de opinión recientes se alude a un trabajo que sirve para sostener la crítica sobre al conformismo social observado a lo largo de la historia universal. El trabajo es el denominado “Discurso sobre la servidumbre voluntaria o el Contra Uno” de Étienne de La Boétie. Este trabajo sostiene, entre otras cosas, que la política ha arrancado a los hombres el deseo determinado de ser libre enfatizando que el hombre no ha puesto mucha resistencia para que esto ocurra.
A lo largo de la historia se observa la manera en que la expansión geopolítica de Occidente se ha sometido la mayoría de los obstáculos con relativa facilidad. Dicho proceso ha tenido su punto de apoyo en el las ambiciones imperialistas existentes, en particular, durante el siglo XVI. La expansión hegemónica que ha resultado, con sus respectivas adecuaciones o transformaciones, ha continuado hasta nuestros días. En el continum histórico se evidencia la manera en cómo han surgido eslabones impuestos a las razones de la triada libertad, igualdad y fraternidad. En síntesis, los eslabones (auto)impuestos ha restringido la espontaneidad natural de los individuos.
Durante la primera etapa de expansión occidental, el flujo de sangre y los genocidios derivados sirvieron para sostener la encomienda de conquista e invasión; la segunda etapa de expansión (siglos XVIII y XIX) se consolidan, a partir de la revolución burguesa e industrial científico-técnica, otros pilares o “razones culturales” que promueven o “justifican” la pasividad social. La tercera etapa, iniciada también durante el siglo XIX, extiende sus repercusiones hasta el día de hoy sin desdeñar los primeros eslabones ideológicos, culturales y religiosos heredados de las etapas previas a la modernidad.
Lo cierto es que las prebendas otorgadas a los individuos y a los pueblos conquistados han sido (y siguen siendo) limitadas. Las sociedades y países del “tercer mundo” han sido considerados implícitamente territorios sin cultura, pueblos sin historia y espacios atiborrados de seres primitivos, pero poco e irregular ha sido el reclamo.
En este marco, es cierto que el proceso hegemónico de los imperios ha tenido en la interiorización de la pasividad individual y colectiva las facilidades a partir de las cuales se impulsan y se consolidan sus más desatinadas ambiciones; sin embargo, como seres poseedores de capacidad de raciocinio debiéramos estar transitando, hacia la recuperación de las manifestaciones de resistencia y de defensa de la vida; todo ello desde una dimensión individual y personal hacia una colectiva y social.
Siendo la búsqueda de supervivencia una condición natural en la mayoría de los animales que existen sobre el planeta; esto no es una perogrullada; basta aludir al momento en que cualquier animal se enfrenta a su captor todos (subrayo todos), hasta los más brutos, luchan, muerden, pican, dan coletazos, patean, todo ello pese a su vulnerabilidad, debilidad o diferencias de fuerzas; todos los animales han desarrollado sus propios mecanismos de defensa. Desde la perspectiva socio-histórica, la realidad es que la promoción del miedo, como antecedente de la coerción y la (auto)censura, han permitido que las ambiciones desbordadas no encuentren ningún tipo de limitación para su desarrollo, a tal grado que la resistencia individual ha dado paso a la pérdida de la dignidad sin que se repare en tal comportamiento y alineación de una brutalidad social.
En nuestra cotidianidad, la razón, la palabra, el diálogo y la crítica han dado cabida a la sumisión, la docilidad y la cobardía; todo ello ante la amenaza, la coerción, la cárcel, el destierro, y, en el peor de los casos, el asesinato (la muerte). No se trata de un llamado a la respuesta violenta del “ojo por ojo” ni de subrayar burdamente el dramatismo mediático irracional, sino se intenta a través de la palabra mantener el suspiro esperanzador de la construcción compartida de una advertencia a la razón la cual se ha alejado de muchos o todos los espacios de convivencia colectiva donde debiera avasallar la verdad y la probidad, teniendo como constante las sombras que sostienen una frágil mordida de esperanza, muchas veces discursiva y no pocas veces ajena a la praxis de unos y cada vez menos de otros.
Salven las demandas de justicia a pesar de la insensibilidad, la parálisis pública y la falta de orientación de las acciones de política en materia de seguridad; salven las sonrisas y las esperanzas a pesar de las lágrimas que nublan por momentos los suelos y los sueños… “ni una muerta más”, “ya basta”, “no más sangre”, "te disculpas y te vas", vida y seguridad”, etc. sean consignas de un pasado que no se olvidé.
Publicada en la-ch.com y una versión erducida en el Frontera 25 de enero del 2010
