lunes, 9 de marzo de 2009

(Postigo y yo)
El Otro Día Internacional de la Mujer.


Ella, y sus dos pequeños hijos, patrullan desde que “Dios amanece” las calles del fraccionamiento en procura de un dinero que les permita subsistir. Portadora Ella de un rostro mezcla de resignación, sufrimiento y angustia al observarla con mayor detenimiento no puede, sin embargo, ocultar una barbilla de dientes y boca apretada cuya mirada desde el fondo chispean decisión y coraje.

“Nací –nos platicó- en la serranía de Durango donde crecí pastoreando ganado, trabajando en la siembra, cocinando, cuidando hermanos menores o lavando y planchando (y que) de manera ocasional asistí a una escuela donde aprendí a escribir y leer las escasas letras y números que aun recuerdo.

En aquel presente sin futuro, cumplidos los diecisiete decidí desmontar a la ciudad, en parte a causa del maltrato familiar aunque, principalmente, buscando un apaciguamiento a mi realidad de explotación y marginación extrema en la cual me mantenía a causa de ser pobre, campesina y mujer.

Ya metida entre la gente aprendí muchas cosas que antes ni de chiste pensé existieran, en particular, lo relacionado con la maldad que los humanos guardan en su corazón, pensamiento y acciones cuando con tal de vencer o satisfacer ambiciones anteponen sus bajos instintos por sobre cualquier cosa: despojar, herir, discriminar…

En lo personal, peregriné y rodé aún más pues a mi situación de pobreza agregué carecer de cualquier referente familiar y de cariño conocidos lo que por «definición» me privó del mínimo derecho causado, entre otras razones, por mi condición de género que me hacia descender hasta niveles de insulto, desaire y ultraje. Un terrible descrédito en el empleo, el salario, lo sindical, los partidos, la religión, los dioses y el vecindario.

Sería largo contar en detalle cada una de las virulencias de las que fui objeto en los años que viví y trabajé en la industria maquiladora de Cd. Juárez, no obstante, jamás di un paso atrás en cuanto a rendirme y volver a trepar la sierra cargando y aceptando la derrota, consciente siempre de que eso era mejor que estar en el monte. Al contrario, lejos de ello una noche me adentré hacia los E.U.A. en donde por casi 10 años laboré en un rancho ganadero que, por cierto, me tatuó en la piel y en el alma otras experiencias y nuevas heridas sin dejar de reconocer ¿por qué no? algunas satisfacciones materiales y espirituales pues a estas últimas debo el haber parido dos hijos que me siguen alentando en la difícil batalla por la vida.

¿Mi situación actual? Simplemente por cuestiones conocidas se terminó el trabajo en el rancho y con ello el espacio aislado, discreto y «confortable» de mis recientes y mejores años de existencia. En concreto, obligada volví a una ciudad texana buscando otra oportunidad de trabajo donde por mi carácter de «ilegal» fui detenida y deportada hacia esta frontera de Tijuana para continuar sobreviviendo. Allá quedó uno de mis hijos y mis «sueños»; la esperanza no duerme y me mantiene con ánimo en el trote de estas calles vendiendo Bon Ice de a tres pesos.

¿Qué pienso de todo esto? Muy sencillo: sumando todo el recorrido que como mujer y trabajadora he realizado estoy convencida que he vuelto a mi país igual que como el día en que lo dejé.”

En el marco de las celebraciones por motivo del Día internacional de la mujer, la farsa de la aristocracia burocrática que se pasea en los espacios del Jet Set y que en esta ocasión exagera “celebrar” con eventos relumbrones henchidos de dadivas y discursos frívolos, encontramos esta y otro mar de historias que poco espacio tienen para ser escuchadas y atendidas el resto de los días del año. Así, albergues y calles tijuanenses, reciben a esta y otras mujeres que llegan, pasan y se van sin que nadie, de quienes ahora aparecen en las páginas sociales, les preocupe atender, ni escuchar…
Publicado en el periódico Frontera 10 de marzo del 2009



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