El interés por la mantener la “guerra contra el narcotráfico” queda nuevamente patentizado con el llamado “presupuesto de guerra”. Esto no fuera una estrategia vituperable si los resultados fuesen evidentes, pero sobre todo, si se acompañara de un proyecto integral que incluyera acciones de mediano y largo plazos. La promoción del escándalo como estrategia de legitimidad ha sido asumida como el somnífero social a través del cual la sociedad navega en compañía de la miopía, la pasividad, la lástima, el escarnio y la ludopatía, todas fomentadas estratégicamente por la mercadotecnia mediática y aprovechada por los mediocres paladines del sistema.
Sin pretensiones de defensa ni en alusión concreta, los jóvenes y niños que se convierten de la noche a la mañana en asesinos, narcotraficantes, drogadictos o estadística de de muerte ¿habrán tenido otra opción para entretenerse? ¿Habrán encontrado o contado con otra actividad para pasarla “curada”? ¿Existen alternativas de entretenimiento que respondan a sus intereses? ¿Contarán con los códigos para la comprensión o apreciación de manifestaciones artísticas y culturales diferentes a los que ofrece la televisión abierta? ¿Encontrarán opciones en las instituciones públicas (escuelas, centros culturales, teatros, foros, etc.)?
Sólo por mencionar uno de los aspectos que debieran incluirse en la integralidad del proyecto de nación y que por el contrario es producto de un menosprecio de la derecha y sus esbirros priistas, tenemos que el sector cultural se ha convertido en una actividad complementaria, altruista y autogestora; por si alguna institución pública de fomento de la cultura tuviera en sus metas reales el impulso de esta importantísima actividad social, de acuerdo con el “presupuesto de guerra” que se ejercerá el próximo año, por el momento deberán seguir sobreviviendo a través de la administración de su gasto corriente; el impulso, el apoyo y la operatividad de proyectos culturales novedosos serán actividades que deberán esperar.
En la ciudad podemos observar en lugares muy específicos -pero con acceso limitado y no por criterios de VIP-, con regularidad muchos o pocos (según el ojo de quien observe) proyectos, eventos, obras, exposiciones, foros, ferias o conciertos culturales públicos, pero menos, mucho menos, es la cantidad de asistentes que acuden al llamado. Desde posiciones memas se puede acusar a la organización, a la difusión o a la calidad de los artistas de la exigua asistencia. Sin embargo, no debemos olvidar que el arte y la cultura, además de ser un componente cotidiano, es una manifestación socialmente construida.
Cuando en la realidad, la caída, la afectación o el agregado artificial en cualquier trasero conocido se convierten en asunto de interés público a tal grado que la propia justicia en este país de inmediato voltea preocupada para atender el daño producido al tan “codiciado patrimonio cultural”, la chacota observada en las instituciones es inaceptable; cuando la impartición de la justicia se vuelca a la persecución y captura de los culpables de tan aterradora acción, la descomposición social es contumaz.
Es por muchos conocido el reciente episodio protagonizado por uno más de los productos “artísticos” maquinado en la mercadotecnia televisiva; ese no fuera el acuse, sino la manera expedita en que los “culpables” fueron puestos a disposición de la ley. Mientras que otros tantos: los niños de la Guardería ABC en Hermosillo (junio 2009), los asesinatos de cientos de mujeres en Cd. Juárez, la matanza de Aguas Blancas en Guerrero (junio 1995), las víctimas de la masacre en Acteal en Chiapas (diciembre 1997), la barbarie represiva del sexenio 1972-76, la masacre en Tlatelolco (octubre 1968) entre tantos otros no tan conocidos que esperan justicia verdadera como la recibida por aquel par de nalgas en franca descomposición.
Sin pretensiones de defensa ni en alusión concreta, los jóvenes y niños que se convierten de la noche a la mañana en asesinos, narcotraficantes, drogadictos o estadística de de muerte ¿habrán tenido otra opción para entretenerse? ¿Habrán encontrado o contado con otra actividad para pasarla “curada”? ¿Existen alternativas de entretenimiento que respondan a sus intereses? ¿Contarán con los códigos para la comprensión o apreciación de manifestaciones artísticas y culturales diferentes a los que ofrece la televisión abierta? ¿Encontrarán opciones en las instituciones públicas (escuelas, centros culturales, teatros, foros, etc.)?
Sólo por mencionar uno de los aspectos que debieran incluirse en la integralidad del proyecto de nación y que por el contrario es producto de un menosprecio de la derecha y sus esbirros priistas, tenemos que el sector cultural se ha convertido en una actividad complementaria, altruista y autogestora; por si alguna institución pública de fomento de la cultura tuviera en sus metas reales el impulso de esta importantísima actividad social, de acuerdo con el “presupuesto de guerra” que se ejercerá el próximo año, por el momento deberán seguir sobreviviendo a través de la administración de su gasto corriente; el impulso, el apoyo y la operatividad de proyectos culturales novedosos serán actividades que deberán esperar.
En la ciudad podemos observar en lugares muy específicos -pero con acceso limitado y no por criterios de VIP-, con regularidad muchos o pocos (según el ojo de quien observe) proyectos, eventos, obras, exposiciones, foros, ferias o conciertos culturales públicos, pero menos, mucho menos, es la cantidad de asistentes que acuden al llamado. Desde posiciones memas se puede acusar a la organización, a la difusión o a la calidad de los artistas de la exigua asistencia. Sin embargo, no debemos olvidar que el arte y la cultura, además de ser un componente cotidiano, es una manifestación socialmente construida.
Cuando en la realidad, la caída, la afectación o el agregado artificial en cualquier trasero conocido se convierten en asunto de interés público a tal grado que la propia justicia en este país de inmediato voltea preocupada para atender el daño producido al tan “codiciado patrimonio cultural”, la chacota observada en las instituciones es inaceptable; cuando la impartición de la justicia se vuelca a la persecución y captura de los culpables de tan aterradora acción, la descomposición social es contumaz.
Es por muchos conocido el reciente episodio protagonizado por uno más de los productos “artísticos” maquinado en la mercadotecnia televisiva; ese no fuera el acuse, sino la manera expedita en que los “culpables” fueron puestos a disposición de la ley. Mientras que otros tantos: los niños de la Guardería ABC en Hermosillo (junio 2009), los asesinatos de cientos de mujeres en Cd. Juárez, la matanza de Aguas Blancas en Guerrero (junio 1995), las víctimas de la masacre en Acteal en Chiapas (diciembre 1997), la barbarie represiva del sexenio 1972-76, la masacre en Tlatelolco (octubre 1968) entre tantos otros no tan conocidos que esperan justicia verdadera como la recibida por aquel par de nalgas en franca descomposición.
Publicado en el Frontera 17 noviembre del 2009