martes, 27 de abril de 2010

"Alta Traición" a migrantes. (Postigo y yo)

Según el censo de los EUA son 10 estados de aquel país los concentradores de más doce millones de inmigrantes de origen mexicano, de ellos el 70% son ilegales, 75% no habla inglés y más de la cuarta parte se coló a partir del 2000 lo cual terminó (a partir del 2004) que México sea el principal “exportador” de migrantes en el mundo; fenómeno derivado, entre otras razones, por la miseria humana demostrada de parte de los gobiernos “polleros” padecido.

El trato injusto vivido por los paisanos es atendido (en lo declarativo) sólo en momentos extraordinarios pues para los que vivimos en las fronteras y conocemos de las penurias, abandono y muertes en el desierto, de los expulsados en el país es asunto cotidiano aunque también son la resma de pendientes ignorados. El asesinato de civiles (niños, mujeres, jóvenes, hombres) víctimas inocentes en la desatinada “guerra” contra el narcotráfico; los más de 10 millones de indígenas hablantes de 291 idiomas que sobreviven en la opresión y la discriminación desde hace más de 500 años; los 7 de cada 10 jóvenes que no llegan a la universidad; los 5 de cada 10 pobres en América Latina que son mexicanos; la mortalidad infantil por causas de enfermedades erradicadas; la pederastia en la iglesia católica; el millón de mujeres violentadas el último año, etcétera.

Asuntos aquellos nada menores que al no priorizarse en la agenda nacional representan, sin embargo, la insolencia e insensibilidad de los distintos niveles de gobiernos, su hato de funcionarios y otras marionetas del sistema hoy repiten aquí y allá un “acuse de injusticia” provocadas por las cíclicas reformas anti-inmigrantes gringas mismas que al recrudecerse (obliga) a los serviles burócratas a poner “el grito en el cielo” intentando desmarcarse del añejo olvido en el cual han mantenido a los hombres y sus comunidades estranguladas por una la justicia negada, amañada y opresiva propia de las acciones institucionales y personales condicionantes de la convivencia entre los mexicanos.

En aquellos crudos horizontes las leyes anti-inmigrantes estadounidenses han sido principalmente de interés pero sobre todo de acción, para grupos independientes defensores de los derechos humanos en aquel país, tal significaron los movimientos surgidos en 1994 cuando el xenófobo gobernador de California, Pete Wilson, promovió la Proposición 187 negadora del acceso a la salud y educación para los migrantes indocumentados obligando a médicos y profesores a denunciar ante las autoridades a todo aquel carente de documentos “legales”.

Tres lustros después la rabia se recrudece cuando no pocos racistas exigen mayor “mano dura” en contra de los “mojados” con base en una despiadada discriminación que obliga a los agentes policiales locales a hacer cumplir las leyes de inmigración federales.

Todo lo anterior no sólo es asunto de güeros y prietos, sino cuestión de sentimientos y razón pues de esa manera se explican individuos como el Senador John McCain (ex candidato a la Casa Blanca), la gobernadora de Arizona Jan Brewer, y el demente chicano Raymond Herrera, impulsores de propuestas policiacos-represivas en contra de seres humanos acusados de criminales por el hecho de buscar trabajo fuera de sus tierras, donde no encuentran justicia ni sobrevivencia dignas. Los agravios impunes, no debiéramos olvidarlos, aquejan al pueblo de México todos los días y todas las veces por arriba de “las enérgicas” notas notas diplomáticas, o la retórica cantinflesca de un régimen cuyos malabarismos no logran desmontar la escenografía de un país dominado por lo absurdo, indolente, improcedente e hipócrita que en palabras del galardonado José Emilio Pacheco en su poema Alta Traición refiere:

“No amo a mi patria […],

Pero (aunque suene mal) daría la vida por diez lugares suyos,

cierta gente […],

y tres o cuatro ríos…”


Publicado en el Periódico Frontera 27 de abril del 2010

sábado, 24 de abril de 2010

Efervecesencia del hartazgo.


Insensibilidad, narcotráfico, leyes anti inmigrantes, pobreza sin freno, falta de oportunidades, educación deficiente, corrupción, ilegalidad, impunidad, estos son sólo algunos de los asuntos que anestesian la evolución social; aparentemente sólo delirada por unos cuantos, pero, eso sí discursiva en tantos otros. Lo cierto es que todos ellos adolecen de lógicas públicas o colectivas que las extirpen del tejido social.

En estas primeras líneas no me detendré en esta ocasión en aquellos asuntos, tampoco figuro presunciones de respuestas en el futuro. Sin adulación concreta ni entrelineas, el propósito de estos párrafos es sólo acompañar la voluntad de quien desde hace tiempo insiste en la importuna fantasmagoría que resulta, para tantos más que los menos, leer y, por supuesto, compartir impresiones de la realidad social, política, económica y cultural que entretejen los avíos y desviaciones que colisionan en lugares simultáneos como lo son las fronteras.

Sean las impresiones compartidas, a partir de estas líneas, los estímulos íntimos para volver a la palabra como asistencia y presencia de un espacio que insiste en vaciarse en la miopía y la apatía, más allá de las fronteras auto creadas e imaginadas.

México y Tijuana territorios de iletrados hambrientos de insumos exportados y pirataje. Sean las fronteras reales erigidas en la línea asunto insubstancial cuando de ideas y deseos compartidos se trate. Las primeras no implican obstáculo en lo absoluto, las segundas, sean pues sólo pretexto ocasionado y articulado en la virtualidad de la red.

En los oníricos resultados ajenos, que las más de las veces genera el conjunto de letras que asoman enunciados frágiles como los hasta aquí colgados, advierto la fiesta, el juego, la risa, la ironía y vituperio propio que cada una de ellas me provoca al conjugarse, emerger y subirse al continuum de la virtualidad o la reminiscencia de quien lee.

La palabra compartida por sí misma es fuente de creatividad que no se estanca en la inercia de la cotidianeidad; la libertad de los recuerdos y las fantasías recreadas nos contagian de un diálogo que persiste y del que somos invitados al hojear o ahogarnos en él. Mucho tenemos que rehacer por romper la inercia y el escepticismo del pasado inmediato en el que nacimos, del irritante hoy y del mañana desolador. La inconformidad provocada por ver, oler o percibir el tufo perpetuo a perro muerto, que rodea a muchos de los asuntos cotidianos debe ser el adjetivo que no dé tregua al aire que insiste en convertirse en ambiente.

Que la filigrana en el lenguaje no sea la excusa para el diálogo acuciante, vamos pues a regodearnos de la “Alta traición” de Pacheco quien desde entonces venia advirtiendo que la palabra en general y la poesía en especial pudiera ser la forma de resistencia contra la barbarie.

Hagamos pues del eco de aquellos que nos insisten en la leída el concreto sobre el que transite la imagen y efectos destructores de la naturaleza humana, no con el morbo del espectáculo lúdico de la miseria enternecedora sino como un acuse desde el cual los suspiros provenientes de la oscuridad de la indigencia fundan la decepción y la esperanza demandante de acción en contra del hartazgo, que sea la memoria la huella afectiva que nos tropiece a partir del pretexto de la palabra.