jueves, 30 de julio de 2009

México vs EUA. Día de guardar.

De este lado de la línea y hacia al sur, participamos (quisiéramos o no) de la fiebre del futbol. Ayer los ojos y la atención de los mexicanos se ocuparon del televisor y del ir y venir de un balón que corrió en el césped del estadio de los Gigantes de NY. La ocasión: la final de la Copa de Oro; la situación: el desempate entre las selecciones mexicana y estadounidense (cuatro torneos ganados en la Copa de Oro para cada una); la condición: diez años sin ganarle como visitante al equipo norteamericano; el resultado: razón para festejar, olvidar y guardar.

Del otro lado de la línea y hacia el norte, la final del torneo significó para una gran cantidad de paisanos una válvula de escape o el deseo de (re)encontrarse con uno de los iconos nacionales: la selección de futbol. Los goles quizá hicieron olvidar las horas de encierro, las jornadas laborales, los meses de añoranza del terruño, la explotación, la persecución, los años sin familia y la distancia recorrida.

Ayer los festejos llenaron plazas públicas, avenidas y calles de las tan magulladas, armadas, “vigiladas” y sangradas ciudades de esta tierra de emigrantes (del total de municipios en el país el 96.2% reporta experiencia migratoria internacional, CONAPO). La tarde del domingo niños adultos, mujeres y una que otra mascota colada y con las colas al vuelo se unieron a la celebración. El ¡México!, ¡México!, ¡México! se escucha como la más sonora manifestación de nacionalismo, lejos está de entenderse como razón de esperanza. La verdad es que en esas ocasiones la razón cede ante la fuerza de un balón. Ayer el ¡siquitibum! se escuchó, gritó o se murmuro entre dientes. Domingo día de fiesta: la selección ganó.

Contar el pasado –dicen los historiadores- resulta apasionante, describir el presente resulta escalofriante. Ayer los datos duros se guardaron. Los celebrantes olvidaron que en un primer o segundo grado de consanguineidad cualquiera de ellos tiene algún pariente emigrante (más de 11 millones de mexicanos viven fuera de este terruño, 98% de ellos se encuentra en EUA).

Los indicadores macroeconómicos que tanto hacen temblar a unos e indignar a otros se guardaron. Minucias como que el ingreso per cápita en Estados Unidos se acerca a los 47,000 dólares (sexto lugar en el ranking mundial, FMI); mientras que cada mexicano “tiene” un ingreso de 14,560 (51 escalones debajo de los EUA). Pero les ganamos ¡5 a 0! Al tipo de cambio promedio de la semana pasada estas cantidades significarían 1,706 pesos diarios en EUA y 528.55 para cada guadalupano.

Si el promedio no fuera un dato relativo todos debiéramos interrumpir la sobremesa y desoír los llantos del hambre para celebrar y detallar las jugadas que llevaron a cada gol; sin embargo, como lo señaló Shaw, el promedio se explica fácilmente “Si mi vecino tiene dos autos y yo no tengo ninguno quiere decir, que ambos tenemos uno”. Así 500 pesos significarían 15,000 pesitos mensuales para cada mexicano, cuanta utopía.

Ayer se olvidó la desigual distribución del ingreso y nos pusimos la misma camiseta. Ayer se guardaron datos como que en los últimos 9 años en México se han perdido cerca de 2 millones de empleos; que 19 millones de mexicanos viven en “pobreza alimentaria” (eufemismo de miseria); que sólo uno de cada 4 jóvenes se incorpora a la Población Económicamente Activa (¿y los otros dónde guardan sus sueños o a qué sueñan? ¿a ser futbolistas, a cruzar al otro lado, a vender truco? ¡Ya sé! Sueñan a ser Diputados o a sacarse la lotería); ayer se olvidó que la canasta básica subió 51% en dos años; ¡Ah! Lo olvidé ayer fue domingo, día de guardar.