lunes, 29 de marzo de 2010

Los capítulos arrugados de Dios.


Más de una década tuvo que pasar para que los Legionarios de Cristo aceptaran pública y oficialmente haber solapado, engañado, abusado y lastimado tanto a justos como a pecadores.

Los crímenes de su fundador Marcial Maciel Degollado, quien en 1946 recibió “la bendición” del papa Pio XII, contaron con el encubrimiento jerárquico católico por considerarse este tipo de actos aberrantes “materia de secreto pontificio”. Sustentados en el “voto privado” (prohibido criticar a los superiores) nadie en la estructura de los Legionarios de Cristo abrió el hocico para señalar, impedir o evitar el daño causado por su Superior y fundador, quien bajo dichos mandatos decretó cerrar ojos, nariz y oídos ante los abominables crímenes por él cometidos.

El Vaticano, de su parte, en un documento llamado “Crimens sollicitationis” hace jurar a los obispos mantener el secreto sobre cualquier asunto de abuso sexual cometido por sacerdotes, bajo pena de excomunión.

Recibir la “bendición papal” en un contexto de reordenamiento mundial resultó el visto bueno para derrochar el pútrido instinto bestial del también fundador del Instituto Cumbres. Como ironía siniestra de aquella bendición se recuerdan con facilidad algunos elementos que la historia ha enfatizado del ejercicio nazi-fascista: en 1946, por ejemplo, se estaba dando por terminada una de las etapas más terribles de las que la memoria dé cuenta, empero con la derrota del nazismo y suicidio del llamado “anticristo” (Adolfo Hitler) la representación de la miseria humana en un solo hombre no terminaba.

Dos años antes de que la muerte alcanzará a Marcial Maciel, y de frente al escándalo incontrolado de sus porquerias que pasaban a ser del dominio público, la pederastia emanada de Maciel obligó al Vaticano, a través del papa Benedicto XVI, a “invitar” al decrepito sacerdote a retirarse de la vida pública y dedicarse a una vida de oración y penitencia... pero, dejando en las tinieblas de los pasillos del Vaticano, las catedrales, las capillas, los conventos y la propia justicia de los estados nación, la reparación infringida a los lastimados, que no podrán encontrar expiación ni con vida ni con muerte.

para no variar las múltiples denuncias de abusos cometidos por este y otros tantos sacerdotes en varias partes del mundo no han cesado. En la declaración del escándalo y el encubrimiento más de dos, con toda seguridad de la misma calaña del miserable michoacano, se estarán cobijando por el encubrimiento ofical y bajo los artilugios y engaños que sin pudor continuarán profesando a inocentes e ignorantes que se acercan a cualquiera de estas siniestras congregacionesen la búsqueda del perdón a sus pecados...

En este contexto la opinión pública nuevamente encuentra paladines, ahora en el rubro de juicio moral -otrora político-, que indica cuáles son el conjunto de argumentos que debiesen incluir o escuchar en el “juicio” que se construye en el imaginario social respecto a este nuevo capítulo de la historia de la iglesia católica, apostólica y romana.

El aberrante comportamiento de personajes como Maciel cuyas evidencias también cuentan con precedentes que datan de historias orales de tantos otros pueblos rinconeros a donde simplemente se trasladan o envian a los acusados de abusos y crímenes comentidos en contra de aquellos que consagran debajo de sotanas ajenas la ignorancia y el perdón de sus pecados. Esos actos seguirán contando con el aval, no sólo por la omisión de las enfermizas razones de las cúpulas eclesiásticas, sino también por el solapamiento que la justicia del Estado “laico” otorga condescendiente.

Así los renglones de esta historia inician la "escribida" de un nuevo capítulo pederasta sustentado en la retórica mística e hipócrita de quienes interpretan a San Pedro. El preámbulo respecto a los crímenes de Maciel, comienza con el inicio de la implementación de una estrategia que apuesta por el olvido nacional, pidiendo perdón, arrepentiendose para que todo siga igual o peor, pues por algo han seguido avantes por los siglos, de los siglos… amen.
Publicado en el Frontera (30/03/2010)