sábado, 3 de julio de 2010

Nada

De nuevo la paranoia o esquizofrenia de aprehender lo inexistente o lo impulsado por quien reclama aparece en el corolario diurno y comienza la noche.


Sin llamarlos, pero persistentes y contundentes, el sereno y las sombras extendidas en todos los rincones que limitan la mirada, la tarde-noche-madrugada son la sintonía del silencio y el frío que adormece las rodillas. La espera atropella la compañía con la que se llega solo, muy solo, al amanecer; mientras las intenciones impulsan el monologo que se desvanece ante la queja gritada y el engaño que se niega surgir en una realidad invocada existente en la patología que emana del engaño sufrido.


Cualquiera que sea el origen psiquiátrico o genético debiera ¿aceptarlo callado? Sin respuestas, pero con atavismos melindrosos por el hartazgo. El suicidio inmaterial es insoportable. Así, la espera de la muerte ahogando el sentimiento en lo profundo de un recipiente frío y verdeoscuro que se trasluce al vaciar su contenido del petite syrah que lo escucha al besarlo. El transcurrir de los segundos se detiene en la espera de la siguiente palabra y del trago contiguo de una idea que constituya los primeros dejos de una explicación encerrada o limitada por la apatía por continuar y la utopía de aceptar que los mejores días por venir nunca llegarán.


Narrando y navegando en una retórica insulsa por cobarde, la facilidad de decisión llega cuando la locura es la guía. La razón sostiene las palabras encarnando el cáncer que entorpece sin evidencias mas que la experiencia ajena que sólo convierte la mirada y el pensamiento en engaño propio, acusando en otro.


Eufemismo de un “¡lárgate mamón!” que se cambia por el aviso del despido y la invitación esclerótica de la locura de la misma quien propone. En estos casos, la conclusión de algo, que en origen no encontró fondo para enraizar, no es concluyente sino regularidad y diáspora de los besos que no llegaron. Crecer en el vacío es sostener estructuras que navegan en la relatividad del espacio de un conjunto de falsas esperanzas. Lo que la ilusión creyó es un sin razón, su sorpresa sólo es advertencia de lo ajeno.


La resequedad de sus labios apretados también son excusa de un freno que se desgrana en la humedad de sus mejillas. Los dientes aprietan una lengua que inamovible detiene las palabras que romperían aquel silencio. La opacidad en estos casos es preferible al caos del sin sentido que golpearía al error y las culpas que se dirigen al vecino y se alejan del vientre que los parió. Sin embargo, las palabras no dichas duelen más cuando se graban de negro y en Arial sobre el blanco de la imagen. Escapándose por sus dedos las palabras que debieran mitigar la pena sólo iluminan aquel rincón en que se encuentra. ¿Por qué reclamarse? Si a la distancia sé su vida fue eso; la constancia hoy vuelve a recibirse, a graduarse, a tomar su lugar, a escribirse; simplemente se obtiene lo merecido: nada.


Simplemente, nada...