miércoles, 17 de noviembre de 2010

Postigo y yo (Violencia y jóvenes)

A partir de una etapa que no depende necesariamente de la cantidad de canas que se posean o de la profundidad de las arrugas en el rostro; pero que, axiomáticamente, coincide con el cambio del llamado de “oiga joven” al de “señor Fulano” o “don Mengano” se comienza a ver a los otros: hombres y mujeres, de manera diferente. La diferencia a la que me refiero no marca distancia o heterogeneidad generacional; la diferencia se expresa en el respeto, tolerancia y consideración de las ideas divergentes en ambos lados. Esto aunque verdad innegable, resulta ser en los últimos años simplemente una falacia, una ironía descarada que encuentra en los discursos insulsos el opio social consumido dócilmente.

Esos otros, que siendo aun menores, con menos años –muchos menos- de quien esto escribe, coinciden con las preocupaciones que se han subrayado en otras ocasiones en esta columna.

Los jóvenes hoy agraviados por la negligencia de los gobiernos neoliberales en general, y de las administraciones panistas en particular, convidan los asuntos comunes de los jóvenes de hace medio siglo. Unos y otros, ayer y ahora, acusan, desde los propios vacíos a los que se les ha remitido, los escarnios y la falta de oportunidades no de empleo y educación –ya que subrayar sólo estos resultaría frivolidad mediática; este fin de semana el acuse que levantó la voz de algunos de ellos en todo el país fue por el derecho a la convivencia y a la vida misma.

A pesar de esas voces, las actuales demandas también son expresadas en el silencio de muchos de ellos, en sus miradas vacías y, en no pocas ocasiones, perdidas por el miedo a salir a las calles, o extraviadas, en el peor de los casos, “olvidadas” durante el consumo de “cristal”, “tachas”, “pastas”, “XTC”, anfetaminas (Drogas sintéticas). ¿Quién no ha observado los ojos lastimados o perdidos por las lágrimas sostenidas en algún jovencito? Muchos de estos tragando su llanto y alimentando el desagravio con el dolor reprimido. A estos jovencitos lastimados se le ha prohibido, además, expresar sus sentimientos de otra manera que no sea a partir del uso también de la fuerza.

¿Cuál es la expresión de reclamo de una u otra de las situaciones a las que tienen opción cuando se enfrentan a la pérdida del compañero de clase, del vecino, del amigo? Son “bajas colaterales” ha sido la respuesta “oficial”. ¡Ni madres!... ¡Ni padres! les quedan a los 2,500 niños huérfanos en Cd. Juárez (tan sólo).

El México que observan desde Los Pinos no considera el incremento de ese mismo grupo de edad en los espacios de las cárceles en el país. El habitante de Los Pinos y sus secuaces no ve como relevante el 600% de incremento de feminicidios en los últimos cuatro años en todo el territorio nacional. Para quien conduce la lucha contra el crimen organizado el creciente índice de espacios ocupados en el panteón, por hombres y mujeres entre 15 y 24 años de edad caídos en el “fuego cruzado”, son asuntos insustanciales como para decidir por la integralidad de una estrategia que considere en el mediano y largo plazos otras opciones o al menos alguna opción en el estricto sentido.

Ante estos manifiestos contundentes de violencia los absurdos descarados de política pública aprovechan la expresión simbólica del conformismo patriótico cultural, histórico y negligente de no pocos mexicanos lo cual constituye una triada que se fortalece con el egoísmo social en el que interactuamos. Sin embargo, lo cierto es que la voz de aquellos que apenas se escuchan tampoco son pocos.


Publicado en el Frontera 16 de noviembre del 2010.